domingo, 19 de julio de 2020

EN EL BARRIO ESTÁ EL MÉTODO: DEL OBJETO AL SUJETO

Objetos de estudio que se tornaron en sujetos reflexivos
 
Una de sus afirmaciones es que los procedimientos y prácticas vinculadas al método, le fueron en gran medida impuestos. Al igual que el objeto de estudio, ya que la pandilla dejó de ser la unidad de análisis para ser el barrio y las relaciones de sus habitantes con las pandillas. Todo ello resultado, por un lado, del contexto, y por otro, de la reflexividad de los objetos de estudio que tornaron en sujetos reflexivos; a tal punto que, en algunos momentos, ellos marcaron el camino, las preguntas y señalaron, incluso, los sujetos a investigar. “Nosotros sólo pudimos determinar los aspectos más superficiales del método: entrevistas, bola de nieve, etc.” (Rocha, 2018: 251). 

En este sentido, la investigación se tornó en un proceso colaborativo. No quedó más opción que dejarse llevar por el objeto, generando un proceso de reflexividad permanente entre objetos e investigadores, al devenir el objeto en sujeto. 

Otro elemento señalado por el autor es la importancia de departir los alimentos con la población de estudio. Sorprende en qué medida los investigadores se suelen olvidar del estómago cuando el conocimiento está unido a éste de múltiples formas, en especial por la cantidad y calidad de la información que circula entre los comensales. Es una forma de acceder al conocimiento: por el estómago y por el afecto que se va tejiendo a través de la comida y los encuentros alrededor de la mesa. El problema es que nos abrumamos con el tiempo, con su “productividad”, y no alcanzamos a dimensionar que detrás de esos “tiempos muertos” se cuece el acceso al mundo del otro, a sus experiencias y vivencias más íntimas. 

Pero existe un espacio insondable que es el metodológico y al mismo tiempo existencial. Hay límites: podemos elegir algunas acciones de inmersión, pero no podemos vivenciar y acceder al ojo del huracán que supone la violencia. No podemos experimentarla de primera mano, bien en calidad de hechores o de víctimas. La violencia: 

“puede ser observada. Puede ser sondeada desde la periferia. Pero no se puede practicar y por eso no se puede experimentar y conocer en toda su plenitud a voluntad... Con la violencia el problema es que el científico no puede participar y comprometerse lo suficiente para alcanzar la comprensión: no es la imposibilidad de separarse lo suficiente, sino la de sumergirse; no la de tomar distancia, sino la de aproximarse hasta aprehender las entretelas de esa experiencia” (2018:258). 

Por ello, quedan preguntas y la certeza del silencio, de la imposibilidad de penetrar y comprender en toda su complejidad dicho mundo. 



BIBLIOGRAFÍA

Rocha, José Luis, 2018, En el barrio está el método: reflexiones sobre la investigación de las pandillas juveniles. En: Nuñez, Daniel (ed.), Rostros de la violencia en Centroamérica: abordajes y experiencias desde la investigación social. Guatemala: FLACSO – Mercy Corps.

domingo, 12 de julio de 2020

EL CIS, CONDENADO POR CONTRATO MERCANTIL A UNA ENCUESTADORA

La dignidad de las encuestadoras/es no es baladí
Trabajo de campo digno en encuestas
El Centro de Investigaciones Sociológicas de España es una entidad pública dependiente del
Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad. Se encarga de realizar encuestas periódicas, así como de difundir sus resultados. Además de realizar encuestas de la propia institución, realiza también trabajo de campo para otras instituciones públicas, como el Instituto Nacional de Estadística (INE).


En entradas anteriores nos hemos referido a la necesidad de unas condiciones de trabajo dignas para las encuestadoras/es. No es un tema baladí, está en juego la calidad de la información que se recoge.

Era conocido por mucha gente que el CIS llevaba años realizando contratos mercantiles a sus encuestadoras/es. Contratan a las personas encargadas de la recogida de información en campo asignando unos cuestionarios, unas rutas, unos perfiles de edad y sexo, considerándolas “colaboradoras”. Algunas/s de estas encuestadoras/es son contratadas como autónomas y a otras se les pide que entreguen un modelo de factura diseñada por el CIS, una factura similar a la utilizada por conferenciantes, que incluye un 15% de IRPF (Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas). Este último es el caso de la denunciante que, a través del sindicato CNT-AIT ha logrado que sea reconocido el carácter indefinido de la relación laboral que hasta ahora tenía con el CIS.

El director del CIS, José Félix Tezanos, expresa en una entrevista que la entidad está tratando de regularizar al personal de trabajo de campo, pero que espera poder hacerlo cuando el CIS pueda convertirse en organismo autónomo. No obstante, las palabras de Tezanos se derriten como un helado: la entidad ha recurrido la sentencia.

Nos parece impresentable para la sociología que la medición de cuestiones como la discriminación de género o la exclusión social, entre otros temas, se realice a partir de estas condiciones tan lamentables. Desde aquí, ponemos en duda la calidad de la información que se recoge mientras que el CIS no resuelva esta cuestión que coloca a sus trabajadoras/es en el dilema diario de si merece o no la pena salir a trabajar.

lunes, 6 de julio de 2020

CONFLICTOS METODOLÓGICOS EN UNA ZONA ROJA: LA POSICIONALIDAD DEL INVESTIGADOR


Desde una metodología etnográfica, Burridge (2016) plantea algunos problemas de orden metodológico que un investigador tiene que afrontar en el momento de trabajar en zonas de conflicto o “zonas rojas”, en donde la violencia no solo puede afectar el desarrollo de la investigación sino atentar contra la vida del investigador. 


El marco en que se desarrolla el estudio es una zona muy popular en el Salvador, en donde el territorio está disputado por varias pandillas o maras, organizaciones que a su vez disputan el monopolio de la fuerza al Estado, para “compartir” el derecho a matar y a regular la vida (Denyer Willis, 2015). En 2015, el país registró la tasa de violencia más alta del mundo, con 103 homicidios por cada 100.000 habitantes. A tal punto que en agosto de dicho año la tasa de homicidios diarios fue de 30. Situación que en los últimos años se ha recrudecido: violencia indiscriminada tanto por parte de las fuerzas del Estado como por las maras y pandillas. 


La etnografía pretende entender el mundo desde la perspectiva del “otro”, independientemente de los criterios dominantes. Burridge optó por la “gente común”: desde no-pandilleros y no-activistas, hasta activistas y pandilleros. Pero, en espacios en donde la violencia permea y estructura las relaciones sociales surgen múltiples problemas metodológicos en el momento de adelantar el trabajo, el autor relata algunos de ellos: 

1. La posicionalidad del investigador. Según Fals Borda (1987), ésta se deriva del grupo social al que el individuo pertenece, pero también de las experiencias y “vivencias” que marcan su vida. La posicionalidad moldea los sujetos de estudio, los marcos analíticos, el menú de preguntas, de conclusiones elegidas, los valores normativos que orientan la interpretación del fenómeno de estudio, además de lo que se considera como “natural”, “bueno”, “malo”, “correcto” y deseable. Dichos valores normativos estructuran la investigación a priori. 

2. La subjetividad. ¿Cómo abordar el problema de la subjetividad del investigador quien se aproxima al objeto/sujeto de estudio como sujeto provisto de valores y con una posición frente a un grupo o grupos determinados? Burridge propone afrontar este problema desde una posición reflexiva. “Es decir, al observar y analizar la vida cotidiana de otro grupo social, debemos analizarnos y preguntarnos quiénes somos, por qué estamos ahí, qué lentes debemos utilizar para observar, interpretar y analizar esta realidad, y cómo moldean nuestras investigaciones ese tipo de reflexiones sobre nosotros mismos” (2016: 215). 

3. La confianza. Si bien el autor narra que llevaba varios años trabajando con la comunidad -desde el campo religioso- su ausencia temporal, lo convirtió en un observador externo, de ahí que tenía que depender más que nunca de los contactos o redes sociales con los cuales había desarrollado relaciones de confianza a través de los años. Esta le permitía el acceso a los actores en conflicto y a información privilegiada. 

4. La confianza permite descifrar los discursos públicos con los discursos privados y acceder a las zonas grises de negociación. 

5. La confianza tiene un contrasentido: la clasificación del investigador en uno u otro bando. Su trayectoria lo ubica: abre unas puertas, pero también cierra otras. Ganar confianza en un colectivo supone generar perspicacia en otro. Esto es una de las mayores dificultades para acceder a la multiplicidad de actores en conflicto, es decir, para poner en marcha un diseño muestral teórico.

6. La no continuidad o vivencia permanente con las comunidades –estar ahí un par de veces al año- resta credibilidad y confianza en proyectos basados en Investigación Acción Participativa (IAP)

7. La prudencia. Mostrar sensibilidad frente a las llamadas de peligro, no cuestionar la valoración de la comunidad: “hoy no vengas”, “quédate en la calle principal”, etc. 

Aquí os dejamos esta reflexión que esperamos sea de utilidad para aquellas/os investigadoras/es sociales que se adentran en los complejos mundos en donde las interacciones sociales están basadas en violencias de diversos tipos. 


BIBLIOGRAFÍA 

Burridge, Daniel, 2016, Conflictos metodológicos en una zona roja: navegando el peligro, lo político y lo personal. En: Nuñez, Daniel (ed.), Rostros de la violencia en Centroamérica: abordajes y experiencias desde la investigación social. Guatemala: FLACSO – Mercy Corps.

Denyer Willis, Graham (2015). The Killing Consensus: Police, Organized Crime, and the Regulation of Life and Death in Urban Brazil. Oakland, ca: University of California Press 

Fals Borda, Orlando (1987). “The Application of Participatory Action Research in Latin America.” International Sociology, Vol. 2, No. 4: 329-347. 


lunes, 29 de junio de 2020

RAZA Y CONTROL DEL CRIMEN

"Mestizaje", óleo de Juan Rodríguez Juárez (1720)
Las políticas de seguridad de mano dura en Honduras fueron introducidas en 2002, para lo cual se modificó el Código Penal. Aumentaron las sentencias por posesión, consumo y producción de drogas ilícitas, y la penalización de la pertenencia a pandillas y a las llamadas “maras”. Igualmente, se eliminaron poderes discrecionales que poseían los jueces sobre la prisión preventiva. La intención era combatir el crimen y la violencia mediante el encarcelamiento de “criminales y delincuentes”. La población carcelaria creció en más del 80% entre los años noventa y 2014. Jóvenes, en su mayoría analfabetos o con poco acceso a la educación, habitaron las prisiones. 

Gutiérrez (2018) analiza la relación entre raza y control del crimen en Honduras. Su hipótesis de trabajo es que en dicho país se tiende a encerrar de manera mayoritaria a jóvenes masculinos en desventaja social y económica los cuales son percibidos como racialmente inferiores. Las construcciones raciales del “otro” en América Latina han sido moldeadas por la experiencia colonial. Retomando a Wade (2008) Gutiérrez señala que el proceso colonial transformó la noción original de “raza” que había surgido en Europa Occidental en el siglo XIV, y que empezó a basarse en los aspectos físicos de las personas. 

El autor señala que el concepto de “raza” está invisibilizado en los informes y censos de prisiones de Honduras. La mayoría de la población penitenciaria es considerada a sí misma “mestiza” –mezcla entre indígena y europea-. No obstante, es una categoría racial, ni neutra ni monolítica, en la medida en que está construida sobre la base de diferencias raciales entre los mestizos, percibidas entre ellos y por la sociedad en general. Las distinciones se basan en aspectos como el tono de la piel y/o rasgos físicos parecidos a algún grupo racial minoritario. Esta ideología construida alrededor de los tonos de la piel, conocida como “colorismo” (Hunter, 2007), se fundamenta en una jerarquía social y económica que tiende a ubicar en la base de la pirámide social a las personas con tonos de piel más oscuros. 

Buena parte de los presos hondureños se consideran a sí mismos mestizos, pero casi todos poseen piel oscura o rasgos físicos que los acercan a los grupos indígenas o a los descendientes africanos. Según el autor, esto sugiere que los grupos ubicados en la base de la pirámide social y económica están sobrerrepresentados en las cárceles hondureñas. Además, los reos hondureños perciben que determinados tonos de piel pueden generar ciertos privilegios dentro de la prisión. 

En este sentido, es importante avanzar en estudios empíricos para entender el tema de la “raza” y el encarcelamiento en América Latina. Para lo cual es necesario ampliar la noción de “raza” para incluir categorías que han sido poco estudiadas como es el mestizaje. 


BIBLIOGRAFÍA

Gutiérrez Rivera, Lirio (2018), Analizando el papel de la idea de “raza” en las políticas de control de crimen y el sistema penitenciario en Honduras. En: Nuñez, Daniel (editor), Rostros de la violencia en Centroamérica, USAID, MERCY CORPS, FLACSO. 

Hunter, Margaret (2007). The Persistent Problem of Colorism: Skin Tone, Status, and Inequality. Sociology Compass, Vol. 1, No. 1: 237-254.

Wade, Peter (2008). “Race in America. En: A Companion to Latin American Anthropology, Deborah Poole (ed.): 177-192. Oxford: Blackwell Publishing. 

domingo, 21 de junio de 2020

MIGRACIÓN E INTERSECCIONALIDAD

Desde el enfoque de la Interseccionalidad, Fernández et al. (2020) analizan la migración de mujeres colombianas en Chile. Bajo esta perspectiva analítica reflexionan sobre las distintas bases en que se sustenta la desigualdad de oportunidades y discriminación de las migrantes debido a la intersección de múltiples categorías sociales como la condición de género, raza, etnia, clase social y situación regular, entre otras. Resaltando que la pertenencia a estas múltiples categorías sociales se traduce en opresión o privilegio. 


Los autores señalan que la interseccionalidad complejiza la interpretación de los procesos de discriminación de las mujeres colombianas en Chile. Por un lado, la vinculan a la división internacional del trabajo reproductivo por género, al asignarle segmentos de mercado de trabajo secundario. Por otro lado, la pervivencia de elementos culturales racistas, construidos desde tiempos coloniales, configura procesos de racialización y sexualización. 

El imaginario de sexualización de la “mujer negra colombiana” sexualiza sus cuerpos, genera aprensión en el interior de los hogares chilenos al ser vista como amenaza, siendo dichas mujeres excluidas del trabajo doméstico, que está abierto a mujeres bolivianas y peruanas, asociadas a una actitud servil y de sumisión. Estos estigmas devalúan su negritud y gereran estereotipos que desencadenan en situaciones de discriminación y violencia verbal y física. 

Pero la racialización va más allá de los rasgos físicos, incluye la discriminación y violencia por las diferencias de acento, idioma, religión y costumbres. Esta situación hace que un cuerpo o persona racializado/a esté en distinta posición que una persona que se considera en una situación superior, bien por su “color” o pertenencia a una determinada “comunidad”. De ahí, que si bien las mujeres negras sufren mayores procesos de discriminación y estigma social, en general los cuerpos de las mujeres colombianas están racializados por otra diversidad de categorías. 

Buena parte de las mujeres colombianas acceden a los sectores del comercio y los servicios, en la esfera de atención al cliente. La gran mayoría de ellas han finalizado los estudios de bachillerato o educación secundaria y algunas cuentan con estudios técnicos o profesionales. El trabajo sexual no es el que las representa, a pesar de que en el imaginario colectivo sean etiquetadas con dichas ocupaciones, invisibilizando situaciones de abuso laboral en otros contextos. 

Los autores llaman la atención de ahondar en investigaciones que muestren las múltiples experiencias laborales por las cuales transcurren las trayectorias laborales de las mujeres colombianas, para evitar la reproducción de discursos estigmatizadores de orden racial y sexual. 

Igualmente, alertan sobre los procesos de discriminación asociados a la situación de regularidad: “con o sin papeles”. El enfoque de la interseccionalidad complejiza los problemas de exclusión social, llama la atención sobre la necesidad de no centrar la atención en una sola categoría social, llámese género, clase social o raza, por ejemplo. La interseccionalidad de dichas categorías sería el camino. 


BIBLIOGRAFÍA 

Fernández Labbé, J., Díaz Allendes, V., Aguirre Sanhueza, T. y Cortínez O’Ryan, V. (2020). Mujeres colombianas en Chile: discursos y experiencia migratoria desde la interseccio- nalidad. Revista Colombiana de Sociología, 43(1), 17-36.

domingo, 14 de junio de 2020

MODELO INDIVIDUAL Y MODELO SOCIAL DE LA DIVERSIDAD FUNCIONAL

Imagen de una campaña
Campaña de inclusión
El modelo individual de la diversidad funcional ha sido dominante desde los inicios de la edad moderna. Podría resumirse en la idea de que los problemas experimentados por las personas discapacitadas están causados principalmente por las limitaciones individuales. Se considera que la “anormalidad” corporal es la causa de la discapacidad o de la limitación funcional.

Hunt (1966) puso en cuestión ese enfoque afirmando que “el problema de la discapacidad radica no sólo en la disfuncionalidad y su efecto en el individuo, sino, sobre todo, en su efecto sobre nuestra relación con la gente normal”. 

En los ochenta, Mike Oliver fue el primero en hablar de un modelo social de la discapacidad. Desafiando la individualización de la realidad, entendió que lo importante eran las barreras sociales que las personas con ciertas deficiencias debían superar para participar en la sociedad de forma plena (1983). 

Esto supuso el inicio de un largo camino que apenas ha sido iniciado. Los cambios deben ir más allá de las variaciones en la forma de llamar a las cosas: minusvalía, discapacidad o diversidad. Romper con las ideas dominantes requiere tanto de la participación de los actores y su entorno como de cambios en los paradigmas dominantes en la sanidad y la intervención social. 

BIBLIOGRAFÍA

Giddens, A. (2006) Sociología. Madrid: Alianza Editorial.

Hunt, P. (1966) Stigma: The Experience of Disability. Londres: Geoffrey Chapman.

Oliver, M. (1983) Social Work with Disabled people. Basingstoke: Macmillan.

domingo, 7 de junio de 2020

LA CIUDAD CREATIVA DE SEQUERA

Centro de Madrid
Ciudad creativa
Sequera articula el surgimiento de ciudades creativas a la economía del conocimiento que demanda nodos estratégicos espaciales orientados a revitalizar los centros urbanos. Según el autor, las ciudades contemporáneas más prósperas serán aquellas que combinan estilos de vida alternativos basados en la cultura y el ocio como elementos fundamentales. Donde lo transgresivo, lo alternativo y lo novedoso, se convierten en estilo de vida y de consumo como forma de distinción social. Por ello, la reconstrucción simbólica de las ciudades está ligada a conceptos como autenticidad, originalidad o singularidad (Pendlebury et al. 2009), con objeto de poner en venta la cultura y las tradiciones de un determinado lugar (2017:2). 

La ciudad creativa se configura como una estrategia urbana orientada a atraer la “clase creativa” (artistas, diseñadores, gente del espectáculo, intelectuales, etc.). Grupo de personas definido por la función económica, es decir, por su trabajo, sin articular sus estilos de vida o consumo al nivel de ingresos. 

En este sentido, la ciudad creativa está asociada a la producción cultural que se coloca al servicio del consumo de esta nueva clase social, que se configura como creadora de un estilo de vida, “conjunto unitario de preferencias distintivas, que expresan, en la lógica específica de cada uno de los subespacios simbólicos –mobiliario, vestido, lenguaje o hexis corporal– la misma intención expresiva” (Bourdieu 1988, citado en Alonso 2005: 8). Se reconfigura la oferta urbana: teatros, museos, obras musicales, comercios creativos y alternativos. Es una mezcla del elitismo cosmopolita con la universalización del pop; el hedonismo con la responsabilidad; y la cultura alternativa con la economía urbana tradicional (Peck 2005:741, citado en Sequera, 2017:5). La revitalización de los barrios pasa por la creación de entornos cargados de estímulos estéticos, creativos, trasgresores e, incluso, de consumo responsable y comercio alternativo. 

El espacio se reconfigura para para retener a una nueva clase social que se distingue por un consumo de productos culturales, que va más allá de un consumo suntuario. Una práctica social metropolitana que se ha traducido en el desplazamiento directo o indirecto de una población no deseada por una clase media cuyo gusto se asocia a la distinción y cuyos habitus y prácticas de consumo configuran la ciudad creativa. Se revalorizan espacios deprimidos de los centros urbanos de las grandes ciudades, a la vez que se genera un proceso de gentrificación, es decir, de desplazamiento de las clases populares que habitaban de manera permanente dichos espacios. Esto supone ahondar las distancias y desigualdades sociales; profundizar procesos de segregación en las ciudades; aumentar el desplazamiento de hogares de ingresos bajos; romper con los vínculos sociales y formas de vida de colectivos cuyo sostén estaba circunscrito a dichos espacios y relaciones sociales; a la vez que crea un contingente de “nómadas urbanos”. 

Las inversiones públicas y privadas se orientan a crear y promocionar la ciudad creativa, un determinado capital simbólico que genere rasgos distintivos y, por tanto, rentas de monopolio (Harvey 2007: 428). Convertir determinados espacios urbanos en un gran museo es la estrategia de los nuevos desarrollos “culturalistas” de los poderes públicos, para transformar los habitantes en espectadores, en turistas universales. Además, como señala Sequera: “no es solo el suelo o la centralidad en sí misma la que ejerce ese poder especulativo, sino la exclusividad (Fournier 2008; Centner 2008: 208) o cercanía de uso de esa mercancía-cultura” (2017:2). 


BIBLIOGRAFÍA

Alonso, L. E. 2005. “El estructuralismo genético y los estilos de vida: consumo, distinción y capital simbólico en la obra de Pierre Bourdieu”. http://www.unavarra.es/pu­resoc/pdfs/c_lecciones/LM-Alonso-consumo.PDF.

Fournier, J.M. 2003. “Nouvelles temporalités, changements spatiaux et inégalités sociales. L' example des villes pétrolieres du Casanare (Colombie)”. Cybergeo: Eu­ropean Journal of Geography, Espace, Société, Terri­toire, document 238.

Peck, J. 2005. “Struggling with the creative class”. International Journal of Urban and Regional Research 29(4): 740:770. http://dx.doi.org/10.1111/j.1468-2427.2005.00620.x

Pendlebury, J., M. Short y A. While. 2009. “Urban World Heri­tage Sites and the problem of authenticity”. Cities 26(6): 349-358. http://dx.doi.org/10.1016/j.cities.2009.09.003.

Sequera Fernández, J. 2017. “Ante una nueva civilidad urbana. Capitalismo cognitivo, habitus y gentrificación”. Revista Internacional de Sociología 75 (1)